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domingo, 28 de febrero de 2010

¿TENÉIS MIEDO?


Dominique Jean Larrey (1766-1842), a quien vemos en la imágen trasteando en la cabeza de un paciente, fue un cirujano militar al servicio de Napoléon Bonaparte. Médico conocidísimo en su época, gozó del respeto y la admiración no sólo del emperador francés, si no también de su archienemigo el duque de Wellington.

Entre las muchas aportaciones que hizo Larrey al campo de la medicina se encuentra la creación del primer servicio de ambulancias de la Historia. También era famoso por ser capaz de amputar cualquier miembro del cuerpo en un minuto exacto, algo muy de agradecer en una época en la que la anestesia más sofisticada que existía era morder muy fuerte un palo de madera.

La primera vez que trató al emperador Napoleón fue para someterlo a una sangría. La sangría era un método cruento de medicina que consistía en hacer cortes en la vena del paciente para que expulsase la "mala sangre" que provocaba sus dolencias; los médicos recetaban sangrías como el que hoy en día te receta un Frenadol. En pleno proceso, Napoleón quiso poner a prueba la sangre fría de Larrey.

- ¿No tiemblas de miedo al saber que la salud del emperador está en tus manos, Larrey?

- No, sire -respondió el médico, sin inmutarse-; el que debería temblar es vuestra alteza.

Con un par.

sábado, 27 de febrero de 2010

¡QUÉ TONTERÍA DE PREGUNTA!


Albert Einstein, científico permanentemente enfadado con el peine, se encontraba en Estados Unidos realizando una gira de conferencias.

Sus anfitriones habían puesto a su disposición un chófer que lo llevaba a todas partes. El chófer era hombre más bien tirando a rústico, pero con una memoria prodigiosa: a fuerza de tener que escuchar una y otra vez la misma conferencia de labios del eminente físico fue capaz de aprendersela palabra por palabra.

En una ocasión el conductor se encaró con Einstein y le dijo:

- ¿Sabe? Eso que hace usted todos los días de subirse al estrado y soltar su rollo no parece tan complicado. Cualquiera podría hacerlo.

A Einstein le divirtió aquel farol por parte del chófer y le retó a intercambiar sus papeles: él conduciría y el chofer daría la conferencia en su lugar la próxima vez. Por aquel entonces Einstein aún no era tan conocido en los Estados Unidos como para que el engaño no pudiese funcionar. El bueno de Albert escucharía la conferencia sentado al final de la sala. El chófer no se arrugó y aceptó el reto.

Llegó el día de la conferencia y el intrépido conductor repitió lo que había escuchado tantas veces, sin dejarse ni una coma, dejando al público anonadado. Sin embargo, uno de los asistentes, con ganas de tocar las narices, interrumpió al orador haciendo una complícadísima pregunta sobre un supuesto físico. El chófer, que no había entendido una palabra, se limitó a asentir con cara de tipo inteligente y respondió:

- Caballero, esa es la pregunta más estúpida que me han hecho en toda mi carrera. Es más, es tan idiota que incluso mi chófer, que está sentado al final de la sala, se la podrá responder ahora mismo sin ningún problema.

Así es como se sale de un trance complicado.