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sábado, 27 de febrero de 2010

PROHIBIDO FUMAR (Y DIOS SALVE A LA REINA)


La reina Victoria de Inglaterra (1819-1901) fue toda una precursora en eso de la Ley Antitabaco, algo así como una Trinidad Jiménez decimonónica. A pesar de que en aquel entonces todos los hombres fumaban porque era un signo de virilidad (en las mujeres estaba terriblemente mal visto: una mujer fumadora era como una especie de prostitua a la que encima le olía el aliento a cenicero), a la Reina Emperatriz le irritaba tremendamente el humo de los cigarros.


A causa de ello, se prohibió tajantemente fumar dentro del Palacio de Buckingham. Los invitados de la Reina en los que el vicio estaba muy arraigado las pasaban canutas durante sus estancia en palacio sin poder echarse un cigarrete de vez en cuando. En una ocasión una de las doncellas de palacio descubrió al embajador francés con la cabeza metida en una estufa, dándole al vicio a escondidas.

Cierto diplomático estadounidense despachaba con su majestad cuando se le ocurrió sacar de su bolsillo un puro del tamaño de la pata de una mesa. Ignorando las fobias de la reina, el embajador se metió el puro en la boca y se dispuso a encenderlo. Se hizo un silencio tenso y el diplomático, mascándose la metedura de pata, preguntó:


- Disculpame, Majestad, ¿os molesta el humo?


- No lo sé. Hasta ahora nadie se ha atrevido a fumar en nuestra presencia.


Seguramente las relaciones diplomáticas entre ambas naciones nunca han estado más cerca de acabar en desastre...

viernes, 26 de febrero de 2010

UN MAYORDOMO FIEL


El conde de Saint Germaine (h. 1696 - 1784) fue uno de los personajes más enigmáticos que rondaron las ya de por sí extravagantes cortes del barroco. Sus orígenes eran inciertos, y lo mismo aseguraba haber nacido en Egipto como ser hijo del último rey de Transilvania. También hacía gala de toda clase de conocimentos esotéricos y herméticos, que decía haber aprendido en el lejano oriente. El conde, además, era prolijo en sus apariciones: no falto quien aseguraba haberlo conocido en la corte imperial Rusa, en Amsterdam, Londres, París o incluso en los Estados Unidos; utilizando diferentes nombres. En Silesia se celebraron funerales por él en 1784, y tres años después se presentó, vivo y coleando, ante la reina María Antonieta de Francia.
Presumía de ser un gran alquimista, y de saber de momoria las recetas de toda clase de filtros: para encontrar el amor, llevar la desgracia a un enemigo, conocer el futuro... y, por supuesto, la piedra filosofal y la fuente de la eterna juventud.
Sus excentricidades hacían las delicias de la decandente nobleza europea. En cierta ocasión relataba a sus invitados una historia referida a Ricardo Corazón de León. Eran tan minuciosas sus explicaciones y tan vívidas las anécdotas que contaba que parecía que el conde había alternado en persona con el monarca inglés, muerto en el siglo XII. A mitad de su narración al conde le falló la memoria y llamó a su mayordomo para que le ayudase a recordar un detalle de su anécdota. El mayordomo, muy circunspecto, respondió:
- Disculpadme, señor, pero no conozco esa historia: yo solo llevo a vuestro servicio desde hace trescientos años.
Todo un récord de permanencia en un puesto laboral.